Pienso que el mundo siempre ha necesitado
de optimistas y pesimistas (auténticos y responsables), sólo que
contemporáneamente se desmerece con más facilidad el aporte de los últimos. Además,
ahora se es optimista o pesimista por presión y hasta por moda -de la lengua hacia afuera- y esto se evidencia con líquida nitidez en las
denominadas redes sociales.
Incluso diré que es imposible, naturalmente, que ambas actitudes sean absolutas y excluyentes en una misma persona. Predominantemente - y no exclusivamente- tenemos de ambas. Pero, ¿qué significa ser un pesimista o un optimista auténtico y responsable? Pues, simplemente, no serlo por moda, presión, facilismo o ignorancia (o todas al mismo tiempo).
Si algo entorpece y empantana el debate sobre la realidad y los procesos de cambio es la irresponsabilidad de no pensar por uno mismo -hasta las últimas consecuencias- y en construcción dialéctica; debatir debiera ser un diálogo social, acalorado pero fructífero, y nunca la ruidosa escaramuza de clichés memorizados y prejuicios con flema.
El optimista del montón es un tuerto eufórico; el pesimista al peso es
un cotorro emponzoñado. El primero cree que las cosas funcionan por acto de
magia, sin complejidades, en un solo color radiante. Su rol se estanca en aplaudir
y emprender sin más criterio que el entusiasmo.
El otro piensa que todo está escrito, podrido e inalterable; su rol se reduce a
condenar y culpar a todos…
La historia ha demostrado preclaramente que un gran optimista necesita -y
respeta- a un lúcido pesimista, y
viceversa. Intercambian, disputan a veces, pero siempre se complementan.
El pesimista auténtico es capaz de ejecutar un rodeo analítico de 360° a
un fenómeno o hecho; diagnostica, critica, alerta y previene. El optimista auténtico
ve alternativas, acciona, entusiasma, convoca. Sus funciones son en gran parte
complementarias y reciprocas.
Planteadas así las cosas, son optimistas –mayoritariamente- los
emprendedores, inventores, algunas figuras políticas y más. Lo fueron en sus
mejores rasgos Winston Churchill, Gandhi, Ralph Waldo Emerson y otros.
Son grandes pesimistas algunos geniales pensadores, escritores, artistas
y demás. Lo fueron esencialmente Schopenhauer y Martin Heidegger.
Ejemplos identificables en el Perú del optimismo y el pesimismo son
Mario Vargas Llosa y Marco Aurelio Denegri, respectivamente; y a caballo entre
ambas actitudes (balanceándose más para
un lado que otro) el periodista César Hildebrandt. Una final y oportuna anotación:
estas actitudes trascienden las posturas ideológicas y políticas.
Ejemplos menos lúcidos de pesimistas y optimistas por conveniencia o moda
abundan (y me incluyo abiertamente) en cualquier nudo de las redes sociales.
Basta con espiarnos mutuamente.
Un optimista y un pesimista, cuadro del pintor Vladimir Makovsky

No hay comentarios:
Publicar un comentario