Escuchaba con mucha atención la entrevista en RPP
a los escritores argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez porque el tema
atraía (y atrae) plenamente mi interés y por las desperdigadas referencias que
tenía de estos dos personajes, pero al poco tiempo de iniciada, la conversación
se volvió abrupta, interrumpida por Patricia Del Río, quien hizo la segunda
pregunta y no dejó redondear sus respuestas a los invitados; buscó ser polémica
pero le faltó ser oportuna, por lo demás sus preguntas fueron interesantes, 'a
la yugular'.
Dentro de la función periodística, la entrevista no debe ser un debate del periodista con el entrevistado, sino que la polémica -pienso- debe ser un recurso para dejar fluir de manera interesante las ideas. Debiera existir siempre un ejercicio de contención del profesional. Tras bambalinas la historia puede cambiar.
Desesperarse, interrumpir insistentemente, manejar mal la ironía y, por último, abandonar la conversación, son errores estridentes que demuestran o incapacidad o intolerancia. Pienso incluso que es menos escandaloso que el invitado deserte, a que lo haga el periodista, porque además, falla a su función profesional. El único motivo para abandonar un estudio en vivo debiera ser una situación amenazante para cualquiera de los contertulios.
La lógica de la imposición dicta que hay que desbaratar a un enemigo virtual, que el micrófono es un gatillo y la voz un disparo, que no hay que conceder tiempo de reacción al 'enemigo'. Y abandonar "el campo de batalla" si el riesgo se vuelve contra uno o si se busca 'desmerecer' las acciones del contrario. Nada más alejado del deber periodístico. Una entrevista picante, interesante, fluida, no va por esa ruta.
La otra facción es la de los espectadores, que se alinean de acuerdo a la coincidencia de posturas, independientemente del desarrollo de la entrevista. Vale pisotear, "en nombre de la verdad y justicia", al que no piensa igual. Es más, se trata de una 'cuestión de dignidad'. Por el contrario, se protesta cuando el agredido es de "los nuestros". La dimensión amigo-enemigo no es compatible con el periodismo, de lo contrario se estaría haciendo veladamente comunicación política, apología-ataque en honor a nuestro interés o postura ideológica.
No puede ser que a una misma periodista se le critique por levantar la voz y cuestionar - cual policía- la opinión de un universitario alzado en protesta (simplemente porque ahí el 'amigo' es otro) y se le aplauda la majadería y falta de argumentos porque, en esta ocasión, el 'enemigo' mutó de rostro. En nombre de la tolerancia no se puede ser intolerante.
El periodista debe ser también polemista, pero nunca parcial. Existen recursos como la ironía, el juego de espejos y ,sobre todo, los argumentos bien expuestos, para hacer de su trabajo frente a pantallas, ante un micro o una grabadora, un palpitante intercambio donde la verdad se va desnudando aunque sea de a pocos. No vale desnudar nuestra propia falta de argumentos o el cuerpo. Tampoco vale acaparar la palabra, porque ante el sofoco se hará imperante salir a tomar un "respiro" y un "cafecito", sin importar que estás "chambeando" y te pueden despedir de tu "ámbito de trabajo".
Señora Patricia Del Río, con todo respeto porque sigo su trabajo, esta vez se desnudó mal.


