Perro que ladra no muerde sentencia un
antiquísimo y popular refrán. Se trata además de uno muy universal, por lo
ecuménico de su enunciado y porque tiene equivalentes en varios idiomas: The dog that barks doesn’t bark; Its bark is worst than its bite (inglés); Can che abbaia non morde (italiano); chien qui aboie ne mord pas (francés). Otras
similares en español son: Perro
ladrador, poco mordedor; Canes que ladran, ni muerden ni toman caza; Gato
maullador, nunca buen cazador.
Aunque el sentido del adagio se
entiende con claridad y atina, a mi parecer, en su concepto esencial,
interpondré aquí una ociosa (por intrascendente) precisión como un matiz; y
para esto tomaré literalmente lo que enuncia.
¡Cuántas veces me (¿nos?) ha mordido en la calle un perro tímido o rabioso, silencioso
o exhibicionista! Por lo tanto,yo añadiría una precisión al popular dicho: “perro
que ladra (mucho’) no muerde”. Si el cánido
que te muestra los colmillos te acompaña media cuadra rugiendo y ladrando
seguramente que ni siquiera te clavará un alfiler. Pero mientras el animal se
dirige hacia ti sus ladridos no te salvaguardan de nada. Incluso,más
interesante, de acuerdo a especialistas muchas veces estos animalitos
amedrentadores emiten el “ladrido de defensa”, invirtiéndose así las
circunstancias. Es la persona la que amenaza, sin darse cuenta, a la aparente
fiera, y ésta únicamente reacciona, protegiéndose. No reparamos a menudo en las
impresiones y emociones que desencadenamos en el resto de las especies;
tampoco, vale decirlo, en el resto de prójimos mortales de nuestra ‘sapiente’
especie
Similar ocurre si consideramos la
metáfora de este dicho popular para las relaciones humanas. No necesariamente
quien te amenaza se retraerá luego, pero si alguien se desgañita amenazando furibundo
y con lujos de detalles ten casi plena seguridad que esa persona es un fanfarrón
o un torpe. A nadie sensato se le ocurre dar oportunidad de prevenir lo
suficiente a la potencial víctima o delatarse frente a terceros. Las vendettas
más certeras, lo ataques más demoledores, las traiciones más viles son las que
no se anuncian ni menos se explicitan a viva voz. No obstante, no se debe
olvidar las excepciones a las reglas.
Recordemos también lo que se señaló
para los canes: el ‘ladrido defensivo’ (que no es por ‘instinto de presa’), el
que se emplea para defendernos instintivamente sin que medie ningún pensamiento racional, aquello que (dícese) nos
separa de las otras fieras y dóciles criaturas.¡Cuántas veces nosotros mismos
hemos actuado en la desesperación profiriendo amenazas e insultos cuando lo que
en el fondo hubiésemos querido es defendernos efectivamente y con inteligencia!
¡Cuántas veces hemos herido, hiriéndonos… mostrándonos vulnerables,
pretendiendo parecer agresivos y temerarios! ¡Cuántas veces la rabia
incontenible, la incontrolada rabieta desmedida!
El otro cauce es la fanfarronería: Decirlo
es fácil, no así hacerlo. La palabra es el medio más disponible para buscar
edificar en el aire nuestros anhelos frustrados y barnizarnos ante los ojos
ajenos de las características o circunstancias de las que carecemos, y hasta
veces para buscar engañarnos y así creerlo mejor. Las palabras serán siempre
fantasmas lanzados por las pulsiones y el martirio de nuestra encrucijada alma.
A veces es necesario mirarnos en los
animales para reflejar y entender nuestros instintos más primitivos y nuestra
estructura cerebral más rudimentaria. Algo debe quedar claro: la impiedad más
efectiva, la acción más cruelmente humana (por ser exclusividad nuestra) es la
meditada y ejecutada con la frialdad en el pulso y en el corazón. La otra
crueldad descontrolada y espontánea es la que merece ser llamada inhumana en el
sentido de que no es exclusiva de nuestra especie; para plantearlo con mayor
corrección: es crueldad universal, instintiva, homogeneizadora.
La otra cara (la complementaria) del
refrán es la que dice “muerto el perro, se acabó la rabia”.¡Cuidémonos de que
la rabia esgrimida sin precaución y de manera sistemática nos haga víctima de
una resolución irremediable! El refrán apunta a atacar cualquier situación
problemática desde la raigambre, sobre todo si, como la rabia, representa una
amenaza extendida y real. Frecuentemente este dicho se pronuncia con una
aparente resolución despiadada, sin embargo no excluye actitudes como la
determinación, la valentía y la inteligencia.
Nosotros somos, no siempre
alternativamente, el amenazante y/o el amenazado, la rabia y/o la cura. Como las
fábulas, innumerables refranes buscan aleccionar, aludiéndonos y reflejándonos
en el complejo sistema animal, del que sin duda formamos parte. Es necesario
siempre, por tanto, ver en los animales (no
racionales si lo queremos decir) lo que probablemente nos hace mejores,
iguales e inferiores a ellos.